Relatos voraces
¿Y la comedia?, de Ignacio Pozzi. Una sombra voraz, de Mariano Pensotti.
Me senté en la primera fila. El escenario, a ras del piso. A poca distancia, un hombre recostado sobre una cama. Está vestido, tapado de forma desordenada por una sábana. Duerme. Hay una mesa de luz con una lámpara débil.
Desde donde estoy, puedo ver detalles. De la cama, del hombre, de su piel. Estoy en la platea pero es como estar en la habitación en la que va a comenzar la historia, el lugar de la ficción.
El suelo está repleto de papeles escritos, arrugados, como si alguien hubiese vaciado un tacho de basura. Hay botellas vacías tiradas. Es una imagen agobiante, desesperanzadora. El hombre parece en calma pero la habitación no. Algo viene ocurriendo en estas últimas horas o días. En la pared del fondo, una mesa y sillas. Sobre la mesa, una máquina de escribir.
Evidentemente ese hombre estuvo escribiendo.
No sé nada de lo que está por pasar, no sé quiénes son, pero algo ya está instalado en la atmósfera. Un espacio oscuro, abandonado, donde un hombre parece estar descansando de un largo proceso de escritura.
Otro hombre camina por el espacio. No sé quien es. Busco pistas. Esa sensación de no saber nada cuando está por empezar una obra es de las más hermosas. Se apaga el tiempo propio, empieza el del teatro. Y dejo de ser el que era antes de entrar a la sala.
“¿Y la comedia?”. Esa pregunta no es mía, es el nombre de esta obra, escrita por Ignacio Pozzi, que te mete de lleno en la mente de un escritor que está atravesando dos procesos: uno creativo y otro destructivo. Está escribiendo una novela mientras vive el duelo de una separación. Ella se cansó de él.
No cuento nada más porque quiero que te sorprendas como yo. Solamente te voy a decir que los personajes de la novela se meten en la vida de ese escritor y tratan de influir sobre la trama que él está creando.
Una obra sobre los límites que separan la realidad de la ficción. Sentado en primera fila, esa hipótesis de superposición entre lo real y lo imaginado adquiere un peso particular. ¿Qué es realidad? ¿Qué es ficción? ¿Y qué es un espectador observando eso? ¿Un personaje más de toda esa locura creativa y existencial que fluye sobre el escenario?
Una obra entretenida y creativa. Un juego de representaciones que te atrapa desde el comienzo hasta el final. La neurosis de un escritor se convierte en un montaje de personajes que entran y salen para ayudarlo, o para cuestionarlo, o para exigirle cosas, o para sobrevivir. Están ahí, tan vivos como quien los escribe. O más vivos que el escritor, que parece caído en un pozo depresivo, caído como los papeles que alfombran la habitación.
Me dejé llevar por la historia, atrapado en la sala como el personaje de una novela en el libro. Funcionó el truco. Pozzi hizo su magia. Jugó con su imaginario, con su creatividad, con las palabras. Muy ingenioso. Se pensó como escritor mientras escribía esta obra y se puso como personaje central de un relato teatral. El dramaturgo es el protagonista, o el personaje es otro escritor, o es todos los escritores del mundo.
Muy buenas actuaciones de Vero Romero, Pilar Rodríguez Rey, Andrés Gavaldá y Tomás Castaño en esta propuesta que puede verse los jueves, a las 21, en Teatro Polonia.
El doble y su reflejo
La precisión del teatro de Mariano Pensotti es atrapante. La sensación de que todo está donde tiene que estar. La palabra, el ritmo, la forma en que se organiza el relato.
Fui a ver “Una sombra voraz” y me encontré con un texto impecable.
Dos hombres en escena. Uno es Julián, un escalador que carga con la historia de su padre, desaparecido en una montaña. El otro es Manuel, el actor que lo interpreta en una película. Dos vidas que se espejan y contaminan. Uno vivió la experiencia. El otro la representó. Y en ese cruce, una pregunta: ¿quién es más dueño de esa historia?
Pensotti escribe con una claridad y una inteligencia poco frecuentes. La obra avanza como un mecanismo perfecto. No hay baches, no hay desvíos innecesarios. Todo fluye con un ritmo sostenido que te lleva de una escena a otra sin respiro.
Lo más interesante es cómo trabaja esa idea que sobrevuela la obra: la relación entre la realidad y la ficción. Cómo contamos lo que nos pasa. Cómo una vida puede transformarse en relato. Cómo ese relato, a su vez, vuelve a modificar la vida original.
Las actuaciones de Diego Velázquez y Patricio Aramburu son extraordinarias. Sostienen todo el dispositivo sin fisuras. Cambian de registro, narran, actúan, se observan entre ellos, se duplican. Hay algo muy fino en ese trabajo, muy medido, que amplifica la potencia del texto.
La propuesta escenográfica también tien un papel clave. Acompaña ese juego de desdoblamientos. Nada sobra. Nada distrae.
Es una obra que te hace pensar pero sin ser densa. Inteligente sin necesidad de demostrarlo. Emotiva sin golpes bajos.
Un trabajo muy sólido. De esos que confían en la palabra y en los actores.
“Una sombra voraz” puede verse los sábados a las 20 y los domingos a las 18 en Dumont 4040.




Me gustan mucho tus reseñas. Muy epistolares. Las leo siempre y trato de seguir tus recomendaciones cuando puedo. Un abrazo!